Desaprender a consumir; aprender a comer.

Casi todas las referencias que tenemos del sistema agroalimentario actual están sustentadas en una serie de mitos que inocentemente hemos ido asimilando para acabar creyendo que es el mejor de los posibles. Sin embargo, no tiene en cuenta los intereses comunes ni la salud o el bienestar de los consumidores, y mantiene prácticas abusivas que nos han llevado al actual contexto de desigualdad alimentaria, de trabajo precario y a una progresiva destrucción de la agrodiversidad y la salud.

Desde los años 60 la producción alimentaria se ha multiplicado por tres teniendo la capacidad de abastecer sobradamente la población mundial, que solo se ha duplicado desde esa fecha. Sin embargo, uno de cada siete habitantes del planeta pasa hambre. El problema no reside en la producción de alimentos tanto como en el acceso  a ellos. Las empresas multinacionales han monopolizado los recursos agrícolas gestionando el acceso a la tierra, al agua y a las semillas en función de sus propios intereses y especulando con el precio de los alimentos en base a una distribución desigual entre el norte y el sur. Comemos alimentos que proceden de otros países cuando estos mismos alimentos podrían ser producidos localmente. ¿Por qué es así? Por que las empresas están interesadas en producir allí donde el coste de los trabajadores es menor, favoreciendo así su explotación.

En Europa, los grandes terratenientes son subvencionados por la PAC (Política Agrícola Común) para que produzcan determinados alimentos sin tener en cuenta las necesidades locales de consumo, produciendo excedentes de productos que se venderán a los países del sur por debajo de su precio de coste haciendo la competencia desleal a los productores de esos países, explotando a los trabajadores y dejando sin trabajo al pequeño campesinado. En España, solo el 5% de la población activa es campesina, y cada día desaparecen decenas de fincas porque no pueden competir con la agroindustria. ¿Qué pasa si el campesinado desaparece? Que quien determinará aquello que comemos serán las empresas que tienen más en cuenta el capital que aquello que realmente nos importa. No quieren darnos de comer, sino enriquecerse.

Tal como indica la FAO (Food and Agriculture Organisation de la Organización de las Naciones Unidas) en los últimos cien años ha desaparecido el 75% de la biodiversidad, ya que se anteponen los intereses de las empresas a las necesidades alimentarias colectivas. De esta manera, se priorizan los cultivos o variedades que más se adaptan al mercado, fáciles de cultivar, de trasladar, que soportan las duras condiciones de producción y que tienen un aspecto más atractivo al consumidor dejando de lado criterios de diversidad, salud y nutrición.  Además, aumentan las enfermedades vinculadas con los alimentos: alergias, obesidad, etc. Cada vez se utilizan más fitosanitarios, transgénicos, pesticidas, potenciadores del sabor, etc. en los cultivos y esto afecta negativamente a nuestra salud.

Por lo tanto, la especulación que llevan a cabo empresas como Monsanto, Nestlé, Mercadona, Carrefour o El Corte Inglés, entre otras, deriva en un sistema que nos define como un tipo de sociedad insolidaria y agresiva. Tenemos más recursos que nunca en la historia para crear alimentos y sin embargo estamos permitiendo que casi un tercio de la población mundial viva bajo el signo de la hambruna y la necesidad. ¿Cómo paliar estos efectos? Tomando conciencia de esta problemática y actuando sobre ella, apoyando las producciones de KM0, ecológicas y las cooperativas de consumo que, afortunadamente, ya empiezan a ser numerosas en nuestras ciudades.

Por todo esto, el consumo y la alimentación se proyectan en el horizonte de nuestra sociedad como la auténtica revolución. Una revolución que se hace tres veces al día a través de la conciencia individual que nos determina y que se traducirá, en última instancia, en un cambio colectivo y de la instituciones, que se adaptarán a esta nueva forma de pensamiento que tiene en cuenta las necesidades comunes. En ese sentido, todos nosotros tenemos un papel importante y complejo en esta lucha por la igualdad y la solidaridad, porque en nombre de los intereses comunes debemos desaprender a consumir y aprender a comer.